“El trabajo de campo es la mejor terapia”
David Sonntag es nuestro protagonista en esta edición de Revista Productiva. Él tiene más de 40 años de vida en Paraguay y aunque en este periodo experimentó duros momentos, aún tiene fuerzas para enfrentar grandes desafíos. Considera que el trabajo es la mejor terapia para superar adversidades y destaca que todavía tiene muchos sueños por cumplir. Ficha personal David Sonntag es un productor agrícola de la región de Minga Porã, Alto Paraná. Proveniente de Rio Grande do Sul, Brasil, hace 40 años, se instaló junto a su familia en Paraguay y aprendió a trabajar la tierra, que es su sustento cotidiano. Tuvo que enfrentar varios desafíos, que le marcaron la vida en lo personal. Muchas gracias por recibirnos en tu casa, en tu propiedad. ¿Comentanos cuándo y cómo llegó su familia a Paraguay? Muchas gracias a ustedes por la visita. Bueno, yo soy David Sonntag. Vivimos actualmente en Minga Porã, Alto Paraná. Estamos en este querido país ya hace más de 40 años, desde 1977. Entramos cuando éramos criaturas. Primeramente, llegamos a Hernandarias, pero luego en el 84 llegamos a este local, cuando mi papá logró comprar esta chacra. ¿Cómo vivieron en aquel entonces ese cambio de vida? Fue una fantasía. Al principio, nosotros salimos de Río Grande (Brasil), en donde todo era piedra. El trabajo en la agricultura era muy arduo, muy difícil, y llegamos a la famosa tierra colorada. Entonces, era una maravilla. Y en la primera fase, como nosotros éramos criaturas, teníamos una vida muy tranquila; era solo jugar y divertirse, porque los grandes trabajaban en la chacra. Entonces, fue una fase muy linda, los primeros dos años. Si bien recordás momentos muy buenos, nos imaginamos que tuvieron que pasar situaciones difíciles también, ¿no? Al poco tiempo que estuvimos aquí, mi papá entró en sociedad con un tipo y en un año y pico perdimos todo lo que teníamos. El tipo cosechó y corrió. Ahí empezó nuestra dificultad, ahí empezó nuestro drama: falta de alimento, no teníamos comida, y despacito fuimos recuperando. Un tractorcito nos salvó, porque hacíamos trabajos afuera y nos ayudó a sumar recursos para volver a empezar. Empezamos, y en el 79 ya teníamos 100 hectáreas de agricultura, a través de la chacra. Cuando todo parecía que mejoraba, tuvimos otra mala experiencia. Ahí, saliendo de Hernandarias, había un silo (Mbaracayu), donde entregábamos toda nuestra cosecha. Esa gente recibió nuestra producción y también corrió. Nuevamente perdimos todo. Ahí papá vino a casa en bicicleta, me acuerdo bien. Llegó él, llorando y eso me llamó la atención. Papá entró en la casa y le abrazó a mamá y dijo: «Nos vamos de Paraguay, porque Paraguay no es para nosotros». Y yo atrás de la puerta escuchando. Ahí abrí la puerta y le dije: «Papá, no». Ahí corrí, porque papá era bastante duro con nosotros; no podíamos escuchar la conversación de los adultos. Y ahí mamá le dijo a papá: «Sí, hoy no estamos más solos, tenemos que escuchar a los hijos». Y ahí él puso una noche la cena en la mesa y preguntó: «¿Qué les parece, chicos?». Éramos cinco aquella vez (después vino más una nena). «¿Qué les parece? ¿Nos quedamos en Paraguay o volvemos a Río Grande?». Mi hermano y yo nos pusimos de pie: «Papá, acá, en Paraguay». «Está bien», dijo él. Y ahí empezamos otra vez. Y ahí en el 83 para 84 conseguimos comprar esta finca. Y ahí logramos salir bien otra vez. Nosotros vinimos en un camioncito Ford 600. Vinieron cuatro mudanzas encima de un camioncito chiquito. Por Santa Catarina no había asfalto, todo era camino de tierra, entre los cerros. Dos días de viaje, junto con los pollos, chanchos, vaca lechera, en fin, se amontonó todo eso. Y vos no vas a creer lo que era la entrada en Ciudad del Este: cola, cola, cola y cola de camiones de mudanza. ¿Cómo comenzaste tu vinculación con el trabajo de campo? Papá nos controlaba bastante con el tractor. No podíamos subir mucho al principio cuando éramos chicos. Yo sé que agarré el tractor con 14 para 15 años. Fue una fase, como decirte, las ganas de lograr y salir de la azada para pasar a una máquina. Cuando papá nos dejó empezamos a manejar más, porque nosotros, mi hermano y yo, entre dos, ahí éramos tres para trabajar con la máquina. Ahí se aceleró el trabajo y logramos más rápido que papá solo. El fin de semana era para divertirse. Durante la semana no había espacio, era trabajar solamente. Yo siempre digo que yo no tuve adolescencia. Esta fase se pasó, porque de criatura pasé directo a adulto. Pero el trabajo de campo es la mejor terapia que existe. ¿Cómo era la relación con tu padre? Papá era bastante difícil, una persona bastante categórica, muy dura, y vos no podías dar mucho tu opinión. Llegó una fase en la que yo ya estaba adulto, tenía 25 años, entonces le dije: «Bueno, papá, sigues tú, yo voy a seguir solo». Y ahí abrí el comercio, compra y venta de algodón. Lo logramos bien. Ahí un día mamá vino y me dijo: «Papá va a vender un pedazo de esta tierra». Yo dije: «¿Por qué?». “Él quiere hacer para su casa”, me dijo. Papá tenía una casa de madera y quería hacer esta casa que tiene hoy. Ahí yo le senté y le dije: «No, papá, no vamos a vender tierra. La tierra tiene que producir para tu casa y no vender la tierra para hacer la casa». Ahí nos sentamos y yo le dije: «Pero sí, yo no tengo plata, está difícil, no hay para destronque». Le dije: «Yo tengo mi reserva. Vamos a entrar juntos, vos entrás con la tierra, la máquina, yo entro con la fuerza del trabajo y a la mitad». «Está bien” –me dijo-, “si vos tenés plata para destroncar». «Yo tengo una parte», le dije. Y ahí empezamos. Destroncamos el primer año 27, 28 hectáreas más o menos, al año siguiente más otro tanto. Y


