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“El incendio de la cabaña lo sentí, pero la satisfacción de exportar fue superior”

Iván Romero, productor ovino, es nuestro protagonista en esta edición de Revista Productiva. En el programa Productiva Life contó su historia de vida, dentro de la cual, el incendio de su cabaña con casi todos los animales de alta genética que estaban siendo criados ahí le dejó una profunda marca, le hizo tocar fondo y hasta pensar en dejar la actividad. Pero después de ese momento de extrema frustración y dolor vinieron tiempos de alegría, ya que, mediante la ayuda de amigos, la resiliencia, el esfuerzo y el trabajo, logró junto a su familia superar el golpe y concretar la exportación de genética paraguaya de la raza Santa Inés.   Ficha personal Iván Romero es criador ovino de la raza Santa Inés. De raíces productivas, desde el 2008 tuvo el gran desafío de gerenciar el trabajo de una cabaña en la región de Caapucú, departamento de Paraguarí. En la actividad gremial también se destacó como presidente de la Asociación Paraguaya de Criadores de Santa Inés, en cuyo periodo comenzaron a trascender las exportaciones de material genético de la raza. Hoy emplea tecnologías para elevar la productividad ovina de su campo y de la de otros productores amantes de este rubro.  ¿Cómo comienza la actividad de la familia aquí en Caapucú y con la cría de la raza Santa Inés? En el año 2008, mi papá me trajo acá. Vinimos a mirar este lugar, en primer lugar, lleno de árboles; había bastante vegetación. Mi papá miró hacia el horizonte, miró los cerros y yo pensaba: «¿Qué vamos a hacer acá, papá?». «Y vamos a hacer una cabaña», me respondió. «¿Cabaña?», le dije. Nosotros criábamos caballos en aquel momento, por eso pensé que nos dedicaríamos a eso, pero su respuesta fue la siguiente: «Cabaña de ovejas». Bueno, entonces yo le seguí a él. ¿Cómo iniciaron los trabajos? Empezamos los primeros trabajos de limpieza, mi papá, mi hermano y yo; con motosierra él, mi hermano y yo con desmalezadora; empezamos con machete y un ayudante. Empezamos así la historia de esta cabaña. La familia de mi papá, mis abuelos paternos, eran ya criadores de bovinos y ovinos. Pero lo que yo nunca me olvido es la primera enlazada que quise hacer, porque fue con lo que teníamos y que hoy seguramente algunas estancias siguen teniendo, el famoso corralón, donde todas las ovejas y cabras dormían juntas. Y teníamos que señalar y también ver la bichera de las ovejas. ¿Y cómo hacíamos? En forma manual enlazábamos. Eran los momentos más felices, porque eran mis vacaciones. Compartía muy de cerca con mi papá siendo muy chico, con siete, ocho años de edad, y esos recuerdos a mí me llegan mucho. Yo compartí momentos muy lindos con mi hermano, con mi papá y mi mamá. ¿Qué te dio el campo? Lo que la vida de campo a nosotros nos dio fueron esos momentos de diversión, momentos en familia, con mis padres y con mi hermano; son recuerdos demasiado importantes. Conocí mucha gente con quienes llevamos, en muchos casos, lindas amistades. Yo me doy cuenta de que hoy mi papá ya no está, pero sigue estando mi mamá. Esos recuerdos son el combustible para seguir adelante. Mi papá nos enseñó mucho. ¿Y qué nos enseñó? Que siempre tenemos que estar unidos. ¿Cuáles fueron los momentos más difíciles que experimentaron en la cabaña? Nosotros pasamos un momento muy difícil dentro de la cabaña. En medio de la pandemia, el 21 de julio del 2020, tuvimos un golpe muy fuerte. Amanecimos con una noticia tan, tan fuerte, que hasta ahora yo la sigo recordando, pero, digámosle, superando ese momento, porque fue un momento muy traumático. Aquel día mi tía entra en la pieza a las 4 de la madrugada y comienza a tocar la puerta: “Despertarte, el galpón se está quemando». ¿Y cuál galpón era? El galpón donde estaban, cuando eso, todo lo que nos costó construir desde 2013. Años de ir levantando la pirámide, paso a paso. Me fui a ver y los animales estaban totalmente calcinados. Tal vez dos se salvaron, pero que le tuvimos muchos años en un tratamiento muy intensivo para recuperarlos, pero luego no pudieron sobrevivir. ¿Qué pasó por tu cabeza en ese momento, Iván? Imagínate ver años de trabajo destruido en un segundo. Yo no puedo dejar de recordar a las personas que me bombardearon con llamadas, que armaron grupos de amigos en WhatsApp para ayudar. Se hizo rifa, se hizo de todo. Mis compañeros criadores de la raza Santa Inés se juntaron, nos ayudaron, hicieron una colecta. Varias cabañas nos ayudaron en su momento, estuvieron acá. Y una persona que no puedo dejar de mencionar y siempre la voy a mencionar hasta que esta cabaña siga existiendo es don Antonio Brusquetti Pérez, que me llama al día siguiente, a las cinco de la tarde, preguntándome cuántos animales perdimos. Le dije la cantidad. Me dice: «Iván, yo te voy a decir una cosa. Yo quiero que agarres un camión ahora y que vengas. Mi cabaña es para vos». Era el mejor criador de la Santa Inés en ese entonces. El primero que hizo la exportación de Santa Inés a Argentina. Cuando yo le dije a mi hermano, echó lágrimas. «No puede ser. No puedo creerte», me dijo. «Vení ahora, porque yo me voy al Chaco», me dijo Brusquetti. Al día siguiente, hermano, querido, agarramos, fletamos un camión, fuimos allá, contuvimos las lágrimas cuando llegamos. El señor nos estaba esperando, todo el mundo ahí emocionado, porque aparte de esto, somos familia, por lo que hizo este señor. Yo le agradecí y le agradeceré eternamente. Como le digo a él y a sus hermanos, que me han apoyado, y a mucha gente que no quiero dar nombres, pero, principalmente, a él le quiero agradecer, porque le debemos a él. Lo que ves acá son tataranietos de los animales que él nos dio. Yo siempre, todos los años, en la Expo de julio él se va, y le digo: «Mira, estos son tus tataranietos». Fueron

Iván Romero, productor ovino, es nuestro protagonista en esta edición de Revista Productiva. En el programa Productiva Life contó su historia de vida, dentro de la cual, el incendio de su cabaña con casi todos los animales de alta genética que estaban siendo criados ahí le dejó una profunda marca, le hizo tocar fondo y hasta pensar en dejar la actividad. Pero después de ese momento de extrema frustración y dolor vinieron tiempos de alegría, ya que, mediante la ayuda de amigos, la resiliencia, el esfuerzo y el trabajo, logró junto a su familia superar el golpe y concretar la exportación de genética paraguaya de la raza Santa Inés.

 

Ficha personal

Iván Romero es criador ovino de la raza Santa Inés. De raíces productivas, desde el 2008 tuvo el gran desafío de gerenciar el trabajo de una cabaña en la región de Caapucú, departamento de Paraguarí.

En la actividad gremial también se destacó como presidente de la Asociación Paraguaya de Criadores de Santa Inés, en cuyo periodo comenzaron a trascender las exportaciones de material genético de la raza.

Hoy emplea tecnologías para elevar la productividad ovina de su campo y de la de otros productores amantes de este rubro. 

¿Cómo comienza la actividad de la familia aquí en Caapucú y con la cría de la raza Santa Inés?

En el año 2008, mi papá me trajo acá. Vinimos a mirar este lugar, en primer lugar, lleno de árboles; había bastante vegetación. Mi papá miró hacia el horizonte, miró los cerros y yo pensaba: «¿Qué vamos a hacer acá, papá?». «Y vamos a hacer una cabaña», me respondió. «¿Cabaña?», le dije. Nosotros criábamos caballos en aquel momento, por eso pensé que nos dedicaríamos a eso, pero su respuesta fue la siguiente: «Cabaña de ovejas». Bueno, entonces yo le seguí a él.

¿Cómo iniciaron los trabajos?

Empezamos los primeros trabajos de limpieza, mi papá, mi hermano y yo; con motosierra él, mi hermano y yo con desmalezadora; empezamos con machete y un ayudante. Empezamos así la historia de esta cabaña. La familia de mi papá, mis abuelos paternos, eran ya criadores de bovinos y ovinos. Pero lo que yo nunca me olvido es la primera enlazada que quise hacer, porque fue con lo que teníamos y que hoy seguramente algunas estancias siguen teniendo, el famoso corralón, donde todas las ovejas y cabras dormían juntas. Y teníamos que señalar y también ver la bichera de las ovejas. ¿Y cómo hacíamos? En forma manual enlazábamos. Eran los momentos más felices, porque eran mis vacaciones. Compartía muy de cerca con mi papá siendo muy chico, con siete, ocho años de edad, y esos recuerdos a mí me llegan mucho. Yo compartí momentos muy lindos con mi hermano, con mi papá y mi mamá.

¿Qué te dio el campo?

Lo que la vida de campo a nosotros nos dio fueron esos momentos de diversión, momentos en familia, con mis padres y con mi hermano; son recuerdos demasiado importantes. Conocí mucha gente con quienes llevamos, en muchos casos, lindas amistades. Yo me doy cuenta de que hoy mi papá ya no está, pero sigue estando mi mamá.

Esos recuerdos son el combustible para seguir adelante. Mi papá nos enseñó mucho. ¿Y qué nos enseñó? Que siempre tenemos que estar unidos.

¿Cuáles fueron los momentos más difíciles que experimentaron en la cabaña?

Nosotros pasamos un momento muy difícil dentro de la cabaña. En medio de la pandemia, el 21 de julio del 2020, tuvimos un golpe muy fuerte. Amanecimos con una noticia tan, tan fuerte, que hasta ahora yo la sigo recordando, pero, digámosle, superando ese momento, porque fue un momento muy traumático.

Aquel día mi tía entra en la pieza a las 4 de la madrugada y comienza a tocar la puerta: “Despertarte, el galpón se está quemando». ¿Y cuál galpón era? El galpón donde estaban, cuando eso, todo lo que nos costó construir desde 2013. Años de ir levantando la pirámide, paso a paso. Me fui a ver y los animales estaban totalmente calcinados. Tal vez dos se salvaron, pero que le tuvimos muchos años en un tratamiento muy intensivo para recuperarlos, pero luego no pudieron sobrevivir.

¿Qué pasó por tu cabeza en ese momento, Iván?

Imagínate ver años de trabajo destruido en un segundo. Yo no puedo dejar de recordar a las personas que me bombardearon con llamadas, que armaron grupos de amigos en WhatsApp para ayudar. Se hizo rifa, se hizo de todo. Mis compañeros criadores de la raza Santa Inés se juntaron, nos ayudaron, hicieron una colecta. Varias cabañas nos ayudaron en su momento, estuvieron acá. Y una persona que no puedo dejar de mencionar y siempre la voy a mencionar hasta que esta cabaña siga existiendo es don Antonio Brusquetti Pérez, que me llama al día siguiente, a las cinco de la tarde, preguntándome cuántos animales perdimos. Le dije la cantidad. Me dice: «Iván, yo te voy a decir una cosa. Yo quiero que agarres un camión ahora y que vengas. Mi cabaña es para vos». Era el mejor criador de la Santa Inés en ese entonces. El primero que hizo la exportación de Santa Inés a Argentina.

Cuando yo le dije a mi hermano, echó lágrimas. «No puede ser. No puedo creerte», me dijo. «Vení ahora, porque yo me voy al Chaco», me dijo Brusquetti. Al día siguiente, hermano, querido, agarramos, fletamos un camión, fuimos allá, contuvimos las lágrimas cuando llegamos. El señor nos estaba esperando, todo el mundo ahí emocionado, porque aparte de esto, somos familia, por lo que hizo este señor. Yo le agradecí y le agradeceré eternamente. Como le digo a él y a sus hermanos, que me han apoyado, y a mucha gente que no quiero dar nombres, pero, principalmente, a él le quiero agradecer, porque le debemos a él. Lo que ves acá son tataranietos de los animales que él nos dio. Yo siempre, todos los años, en la Expo de julio él se va, y le digo: «Mira, estos son tus tataranietos». Fueron 18 animales puros. Es decir, la mejor genética en su momento de Paraguay, que vino con cría, y nos llevamos la sorpresa acá cuando llegamos, que estaban nuevamente todas preñadas las hembras. Fue una bendición dentro de toda la tragedia, por eso un momento difícil, muy difícil, que nos tocó, pero los amigos hicieron que sea mucho más llevadero ese gran golpe que tuvimos, porque era para dejar todo atrás y terminar de criar. Nos quedamos con poquísimos animales acá.

¿Cuándo comenzaron a participar de las exposiciones?

Al principio, mis padres no iban a las exposiciones. El que iba era yo, el hermano mayor. Mi hermano Blas era menor de edad cuando eso y yo tenía que irme con los animales a quedarme. Mi papá, bruto, me llevaba, me dejaba y me decía: «Vete vos». Pero era una experiencia única. En aquel entonces comenzaban a circular los primeros celulares, entonces mi mamá me llamaba y me decía: «En el colectivo, a las siete, yo mañana te voy a enviar la comida para tus ovejas». Porque yo no le conocía a nadie en la expo, yo era un bicho raro. ¿Y cómo hace mamá? Y mamá picaba el pasto camerún. Me mandaba tres bolsas de camerún todos los días en el colectivo local que salía de acá, de Caapucú, y me llamaba: «Ya se va tu camerún picado». Y bueno, yo tenía que venir a la casa de mi madrina, donde yo me quedaba. Tenía que venir en colectivo, esperaba en calle Última. Allí me subía en la Línea 48 todos los días de la expo. Durante cuatro o cinco expos fue así, todos los años, pero no había frío, no había calor, no había nada. Y en la línea: «Permiso, permiso”; yo con las bolsas [se ríe]. Llegaba en La Rural, con mi mochila, las bolsas de pasto picado.

Mi mamá fue y sigue siendo una mujer muy guapa. Le ayudó a mi papá, codo a codo, en el campo. Mientras mi papá no estaba, mamá se encargaba de cuidar mis ovejas.

¿Cuándo comenzó este proceso de exportación de genética?

Mi papá tuvo la visión de tener estos animales que nosotros veíamos antes, ahí bajo un árbol, con una notebook, que ni internet tenía, pero comenzamos a soñar.

Mi papá me dijo: «No te vayas a preocupar. Nosotros vamos a tener estos animales, nosotros vamos a irnos allá». ¿Y dónde es allá? «Allá», me dijo. «Nosotros vamos a pasar la frontera y nosotros vamos a sentarnos allá». “¿Y en dónde es que vamos a sentarnos?”, le decía. «Y vamos a sentarnos ahí, chamigo. Ahí, ahí es donde tenemos que sentarnos, ahí vamos a estar siempre», me respondía. Hoy, estamos logrando eso que él tuvo como visión.

Hace cinco años no nos bajamos del ranking. Nos ayudó muchísimo. A lo mejor dice ranking la gente, pero el ranking es un premio demasiado importante para el criador de cualquier especie. Es como un club, está saliendo todos los años gran campeón de Paraguay. ¿Qué hace el empresario? El empresario mira de afuera, por internet, hoy por teléfono, y comienza a analizar y eso nos posicionó y nos ayudó a pasar las fronteras.

¿Recordás la primera exportación?

Nuestra primera satisfacción fue la primera exportación que hicimos. ¿Por qué? Porque nosotros no estábamos en condiciones de exportar. No teníamos la capacidad en ese momento. Veníamos de un golpazo y teníamos que levantarnos. Así que cuando veíamos pasar la frontera el camión con nuestros animales me dio piel de gallina y eché unas lágrimas, porque eran las crías de esos animales que sufrieron el accidente. Fue un momento muy fuerte, que yo me fui solo, me acuerdo que volvía manejando y lagrimeando, porque después del mal momento vino una gran satisfacción. El percance que tuvimos lo sentí, pero la satisfacción de exportar fue superior. No sé, fue un conjunto de cosas a la vez. Me llegó muy, muy en el fondo.

Mensaje final

Hoy la ovinocultura tiene otra imagen, otro formato, otro objetivo. Hoy la ovinocultura nos puede ayudar a crecer económicamente. ¿Y qué tenemos que hacer? Seguir trabajando, ser eficientes y más eficientes; después, las cosas se van a ir dando. Pero el país necesita de nosotros. Hay una fuerte demanda y yo creo que tenemos un potencial dormido todavía en Paraguay, que nosotros descubrimos, pero que los demás van a ir descubriendo a medida que pasan los años. Por eso necesitamos trabajar en el campo, necesitamos crecer, expandir y multiplicar lo bueno que venimos haciendo.

[Entrevista publicada en la edición 135 de la Revista Productiva, páginas 14 y 15]

[Foto: Iván Romero / Revista Productiva]

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